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La oportunidad que se abre para Argentina a partir de la sensatez ciudadana mostrada en las recientes elecciones legislativas

Por Alberto Navarro


Artículo publicado para el exterior del país- Octubre de 2017

 

El triunfo del gobierno en las elecciones del pasado 22 de Octubre constituye sin dudas el inicio de una etapa democrático-republicana más madura con miras a construir, finalmente, otro futuro para Argentina y la región.

El gobierno, con renovada legitimidad y confianza, además de sumar poder en el Congreso, venció en los cinco distritos más importantes del país: la Capital y las provincias de Buenos Aires –38% del electorado nacional, Córdoba, Santa Fe y Mendoza. Cambiemos se consolidó así como primera fuerza nacional con el 41% de los votos de todo el país, ganando en 13 de las 24 provincias, una diferencia electoral sideral respecto de 2015 cuando el presidente Macri asumió la presidencia por un entonces mínimo margen.

Se confirma también que resulta prácticamente nula la chance del kirchnerismo de volver a ser una alternativa de poder en 2019; el peronismo aún en una profunda crisis y desafiado a encontrar un nuevo líder; el presidente Macri, con grandes chances ahora de ser reelecto. Ya se puede hablar entonces, sin exagerar, de un cambio de ciclo.

¿La receta para el triunfo? No ya únicamente la fatiga ideológica luego de 12 años de populismo; tampoco una mejora de la economía la cual, lejos de recuperarse en 2016, comenzó recién a dar señales más firmes de crecimiento en el tercer trimestre de 2017.

Por el contrario, el votante medio argentino percibió una eficiente y honesta gestión pública, combinada con un acercamiento del gobierno a la sociedad, a la cual aquél se empeñó en unir y escuchar; todo lo contrario del despilfarro de los bienes públicos, corrupción, grieta social, soberbia y creciente pobreza que fueron el sello de los gobiernos populistas de los últimos casi cincuenta años, y que llevaron a que en este granero del mundo (con capacidad para producir alimentos para casi 20 veces la población del país), la pobreza pasara de un 3% en los años ‘70 a 30+% en la última década.

Así, es notoria la percepción de cambios en el día a día, sin grandes anuncios, que hacen a la mejora de calidad de vida ciudadana. También, que el gobierno habla con la verdad: un ejemplo fue no ocultar durante la campaña, que al día siguiente de las elecciones subiría el precio de los combustibles y que se profundizaría el ajuste fiscal.

Se aprecia también la particular sensibilidad del gobierno para con los sectores sociales más vulnerables, lo que resulta de por sí en un golpe duro al supuesto leitmotiv peronista, que siempre usó a los pobres para perpetuarse en el poder.

Finalmente, cabe mencionar que la percepción de que el gobierno se ha preocupado por el restablecimiento de la paz social, el diálogo, la tolerancia, el orden, el respeto e igualdad ante la ley, la educación y la cultura del trabajo, todos valores lastimados ex profeso por el kirchnerismo.

Así es que con este resonante resultado electoral, el centro-derechista partido Cambiemos, se jugó mucho más que la obtención de más bancas parlamentarias. Lejos de lograr mayoría propia, será únicamente primera minoría en ambas cámaras, aunque con demostrado oficio en lograr consensos para procurar llevar a cabo en lo inmediato, las grandes reformas que permitan al país devenir en competitivo, eficiente y equitativo a la vez.

Es de esperar que a gran parte de la oposición –testigo y parte del entonces desastre argentino, si más madura, no le quedará otra opción que acompañar las reclamadas políticas de estado con un gobierno que ha sido premiado precisamente por su estrategia de procurar acordar todo, a la vez que hacer y que se encuentra luego del 10/22 en mejor posición negociadora.

Así, en línea con su intención de evitar gobernar a través de decretos presidenciales -y decidido a terminar con tradicionales superpoderes propios de permanentes leyes de emergencia económica- el mismo lunes 23 el gobierno convocó a dirigentes políticos de la oposición, a gobernadores, intendentes, gremios, empresarios y hasta jueces, con el fin de consensuar y negociar de un modo más amplio y audaz posible, entre otras, una reforma integral fiscal, laboral, del inequitativo sistema jubilatorio y del código penal, junto con la fuerte reducción del gasto improductivo y político y una nueva y más justa coparticipación de las provincias en el reparto de impuestos. El kirchnerismo quedó afuera de la cita, aunque por propia voluntad.

El primer encuentro tuvo lugar ayer, 30 de Octubre, quedando en claro la voluntad del presidente de avanzar rápido con reformas que esperaron décadas y que en su opinión requieren en lo inmediato de consensos mínimos. Este llamado del gobierno a escribir en conjunto una agenda de largo plazo es considerado por nuestros analistas políticos como algo políticamente inusual, sin precedentes en la historia del país.

En el frente económico, y mientras se espera una pronta y necesaria recuperación de nuestro socio Brasil, la situación es mejor que en 2016, no percibiéndose riesgo de crisis financiera en el mediano plazo, más allá de la importancia de aprovechar el envión electoral a fin de concretarse, con disciplina fiscal, las reformas mencionadas.

Los desafíos seguirán pasando por el ataque frontal de la aún alta inflación y el déficit fiscal (causa histórica de todos los desequilibrios y cíclicas crisis argentinas), lo que permitirá a su vez bajar el alto ritmo del endeudamiento (único remedio disponible al momento para financiar la transición), el riesgo país y, consecuentemente, las tasas de interés.

Problemas de tipo de cambio aparte, el problema será mejorar la competitividad a través de una reducción de la alta presión impositiva, aunque sin desatender el objetivo primordial de reducir la brecha fiscal. Ante este problema de la manta corta, el desafío pasará entonces por mejorar la calidad del gasto, a lo cual parece abocado el gobierno. Lo mismo, los costos logísticos que conforman también el desafortunado costo argentino.

A diferencia de Agosto pasado, resulta esperable un crecimiento económico de entre 2,5 y 3% del PBI para este año y hasta de 4% para 2019, así como la reducción de la inflación de su actual 22% anual a un dígito (o casi) para entonces.

Las dudas para quienes no entraron aún en el país, siguen siendo si los cambios logrados en tan poco tiempo permitirán la disminución del riesgo regulatorio, logro que conlleva la noción de largo plazo y que hasta ahora ha tenido el efecto de demorar anunciadas inversiones y PPP’s en el sector de la infraestructura.

Estamos convencidos del interés del gobierno por mostrar al mundo una suerte de punto de inflexión en este aspecto como parte del reto de reconciliar las tradicionalmente frágiles instituciones argentinas con el capitalismo moderno.

La oportunidad de lucirse hacia el exterior no podrá ser mejor en Noviembre de 2018 cuando Argentina sea por primera vez anfitrión de la cumbre del G 20 y quizás para entonces el país haya recuperado la categoría financiera de mercado emergente e ingresado a la OECD, algo impensable hace menos de dos años.

Que todas estas buenas noticias impliquen una suerte de cambio cultural, luego de casi 80 años de cuasi alternancia peronista-militar-populista, no pueden más que ilusionar a quienes esperamos ver en Argentina un país que se parezca un poco más a Australia o Nueva Zelanda. Los vientos que soplan son alentadores.