Una demostración de pragmatismo que otorga más chances a la gobernabilidad y futuro de Argentina: quién es el nuevo compañero de fórmula de Mauricio Macri.

Por Alberto Navarro

Intento compartir una primera lectura del sorpresivo anuncio del pasado 11 de junio en el cual el Presidente Macri hiciera público que un peronista –de los grosos– Miguel Ángel Pichetto, lo acompañará en la fórmula presidencial en las elecciones generales de octubre próximo. Anoche vencieron los plazos y ya están por tanto definidas las dos principales formulas: “Macri – Pichetto” y “FernándezDesignado – FernándezDesignante”.

Pichetto es ni más ni menos que el histórico jefe de la bancada de senadores del partido del general, el mismo que allá por 2008 lideró en nombre de los Kirchner la aprobación de la fallida ley que elevaría los impuestos al agro hasta niveles de sodomización para con un sector que la entonces presidenta Cristina Fernández siempre detestó, no importando si se trataba de grandes terratenientes o pequeños productores living for the day. Así que cuando el campo vote nuevamente a Macri, doble mérito.

Para algunos Pichetto es un traidor; para otros, incluyendo peronistas históricos y el que escribe, un patriota que pensó en el país más que en los intereses personales y partidarios. Reconocido desde siempre como leal a sus convicciones, se trata de un hombre muy formado, de fuerte personalidad y que siempre se impone con respeto ante sus adversarios. Además, sin jamás denuncias por corrupción, lo que no es poco en este país.

Lo cierto es que, en estos casi tres años y medio de gobierno macrista, el senador de 68 años de edad y más de 23 en el senado, resultó clave para apoyar, desde la oposición, importantes proyectos de ley que jamás habrían visto la luz por gobernar Cambiemos con minoría parlamentaria. Resultó así en una pieza clave para la gobernabilidad.

Sorpresas aparte, la reacción general fue de admiración por el establishment político y empresarial, para con lo que se considera una muy hábil jugada personal de Macri, que sin dudas otorga al fundador de Cambiemos más chances de ser reelecto por otros cuatro años, necesarios desde ya para consolidar reformas y encarar las estructurales aún pendientes. Sin dudas que, para ese fin, el hábil e influyente Pichetto colaboraría ahora desde la presidencia del Senado a partir del 11 de diciembre próximo. Si ganan.

Además del peronismo serio, el factor Pichetto agrega vínculos con muchos de los gobernadores provinciales, circunstancia no menor: como senador los conoce a ellos y sus necesidades; desde su posición, por la mecánica de la Constitución, tendrían que recurrir a él y lo conocen. Pichetto siempre fue política y humanamente previsible, dicen.

Y desde ya, se trata todo esto de una chance más de alejarnos del populismo setentista-bolivariano, cuya sola posibilidad de volver al poder ahuyenta hasta al propio Gordon Gekko y que nos colocó en el último año en una suerte de wait and see que frenó el maná inversor de dentro y fuera.

Lo cierto es que esta apertura del gobierno, más allá de constituirse en una respuesta a la fórmula Fernández-Fernández, les otorga a los peronistas Anti-K una buena razón para calmar sus conciencias y justificar el votar por Mauricio Macri en un país donde la grieta puso al descubierto dos modelos totalmente antagónicos: el de la democracia republicana, con poderes independientes, por un lado; y el de corte autoritario, por el otro: este último, el del vamos por todo, la democratización de la justicia, los jueces militantes y donde los corruptos que tiran bolsos en conventos no son tales sino unos pobres perseguidos políticos. El país, ese, del fiestón que se habría hecho Enrique Santos Discépolo escribiendo otro tango.

Pichetto, a quien hasta la propia Cristina Fernández de  Kirchner pareciera temer, dejó bien en claro en sus primeras palabras como running mate, que a la par que resulta importante mantener y fomentar buenas relaciones comerciales con países como China y Rusia, Argentina debe consolidarlas con occidente, con quien tiene muchas más afinidades, empezando por Estados Unidos y Europa, destacando de paso la importancia de acostumbrarnos a respetar los compromisos asumidos (algo raro en los peronistas vintage) e invitando a dejar atrás para siempre la demagogia política del combatiendo al capital.

Representa así a una relevante porción del país que tampoco quiere saber más de persecuciones a medios periodísticos, empresarios, jueces y al atropello de las instituciones republicanas en general. Hablaba anoche por televisión abierta sin pelos en la lengua de sus recientes conversaciones personales con los principales fondos de Wall Street, senadores norteamericanos y demás imperialistas, acerca de cómo ellos nos ven y de sus preocupaciones por el eventual retorno de los Kirchner, haciéndolo con la salvaje naturalidad –desparpajo diría- con que jamás ningún político lo habría hecho. Sin duda, una muestra de su cero temor al qué dirán.

Sin ser ingenuos, Pichetto es por tanto un factor que agrega previsibilidad respecto de hacia dónde puede ir Argentina en cuestiones que hacen a los esperados consensos básicos, el respeto a la regla de derecho y como dije, a la futura gobernabilidad.

Es de esperar también que no será esta la única sorpresa y que otros sectores modernos del justicialismo –el cordobés y salteño, por lo pronto- muy posiblemente terminarán apoyando de un modo u otro al Gobierno de Cambiemos en el casi seguro ballotage de noviembre, segunda vuelta electoral que bien puede anticiparse atento la paridad técnica entre tan diferentes modelos de país que se nos proponen. El gobierno confía en la buena capacidad de arrastrar del senador rionegrino, pero tampoco es para cantar victoria desde ahora.

Por otra parte, la reacción no se hizo tampoco esperar en los mercados locales y del mundo, que nos recordaron que ellos también votan y apuestan por la calidad y estabilidad institucional que esta movida de Macri supone: euforia, subas bursátiles, alza de bonos y ADR´s, caída del riesgo país y retroceso del dólar -este último más que una moneda, un termómetro del humor social.

Esta última incorporación a las filas oficialistas podría ir por tanto mucho más allá de la posible reelección presidencial y del nuevo nombre a dar al gobernante Cambiemos (de anoche pasó a llamarse “Juntos por el Cambio”) pues a la vez que implica un reconocimiento por Macri de sus limitaciones -y que por tanto escuchó a los socios de la coalición- confirma que el Presidente busca terminar con la tradicional dicotomía peronismo-antiperonismo para enfrentar al nuevo enemigo de la democracia latinoamericana que no es otro que lo que representan los Kirchner, Maduro, Ortega y otros tantos herederos de Fidel y el Che, salvo por el voto de pobreza, que jamás hicieron.

Parece claro entonces que Mauricio Macri, a la par de recuperar la iniciativa política y vivido ayer su mejor día en mucho tiempo, envió un fuerte y positivo mensaje a ese mundo moderno que había celebrado en 2015 la llegada de esa bocanada de aire fresco que fue Cambiemos, pero que aún teme el retorno al poder de los descamisados del Perón del ‘49 y por eso se demora en ponerle a Argentina todas las fichas.

Lejos del ir por todo como decían los K, el presidente avisó que quiere ir por otro mandato constitucional y para eso tomó una hábil decisión que, sin dudas, dará que hablar por mucho tiempo más.

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